Desde que estoy "desempleada", es decir, sin empleo remunerado, he tratado de mantener la mente ocupada en otras cosas, en lugar de caer en el círculo autodestructivo de la depresión. Quizás lo esté, aunque no me de cuenta, y me inyecto positivismo en la vena, pensando que mi regreso a los empleos remunerados esté cada día más cerca. Y por ese motivo de mantener la mente ocupada, he vuelto a las bibliotecas. Benditas bibliotecas!
¿Qué puedo hacer en una biblioteca, además de leer libros? En Barcelona, la red de bibliotecas es bastante amplia, y para encontrar alguna cerca de donde me encuentre, miro el móvil, busco la app de la Red de bibliotecas, y me dice que tengo al menos 2 en mi código postal. Puedo ver el horario de funcionamiento, el mapa de cómo llegar, y si quiero ralentizar mi móvil, incluso puedo ver el catálogo online. He llevado algunos libros a casa, en calidad de préstamo; otras veces me dedico a leer revistas en inglés para no perder la costumbre. Esta práctica de entrar en una biblioteca me vuelve egoísta, y sólo pienso en lo que me interesa conocer sin prestar atención a los demás egoístas que vienen en busca de lo mismo.
Pero un día, abrí los ojos. Presté atención a mi entorno. Y me di cuenta que los demás usuarios no son los típicos estudiantes universitarios, jubilados aburridos en casa o desempleados como yo, que vienen a matar el tiempo leyendo una revista. He visto mochilas sucias arrumbadas en una esquina. He visto personas (no quiero usar la etiqueta de inmigrantes ilegales, porque sería emitir un prejuicio sin conocimiento) que al parecer no tienen un lugar fijo de residencia, y deambulan alrededor con sus pocas pertenencias a cuestas. ¿Qué buscan en una biblioteca? Buscan sentarse al sol, sin tener el aire frío quemando sus rostros. Buscan enchufar el móvil de prepago y cargar la batería. Buscan un lugar donde dejar sus pertenencias sin temor a que algún otro usuario pueda llevársela. Buscan un baño limpio donde refrescarse. Buscan compañía, aunque nadie hable en voz alta. Buscan silencio que la calle no permite. Quizás ya conozcan demasiado el funcionamiento de los comedores sociales, y no les interesa volver a contar su historia a nadie. Aquí no son acosados por insistentes trabajadores sociales. Algunos traen comida en bolsas plásticas, si se les puede llamar "comida" a un bocadillo y una lata de refresco. No les he visto comer dentro, sin embargo respetan las normas internas de las bibliotecas, y salen a comer fuera, a compartir sus migajas con algún perro vagabundo que espera sentado sobre un cartón a la salida de la biblioteca.
No me he quedado en la biblioteca hasta la hora del cierre, porque a esa hora ya estamos en casa preparando la cena. Aunque no necesito ser adivina para saber qué ocurre con esos usuarios. Recogen sus cosas, vuelven a la calle a buscar un sitio para pasar la noche entre cartones. Al día siguiente, los encontraré esperando en la puerta de la biblioteca. A la hora de apertura.
miércoles, 26 de febrero de 2014
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